Ciudadanía

Ana Maria Torrijos
FOTOGRAFÍA. ESPAÑA, 08.05.2015. Vistas de varias personas descansan hoy en el parque de «El Retiro», en Madrid. La llegada de viento subsahariano a la Península "instalará el verano" en casi toda España, especialmente en Andalucía, Extremadura y área del Mediterráneo donde se esperan temperaturas cercanas a los 35 grados que se alargarán hasta la mitad de la próxima semana. Efe

Redacción [Ana María Torrijos] – Palabra bastante habitual en nuestro quehacer diario, con cierta simpleza la pronunciamos y con mucha banalidad la oímos. Sin rémoras, es imprescindible intentar la búsqueda de su verdadero significado pues sin ese conocimiento es imposible avanzar en el Estado de Derecho. Barcelona (España), miércoles 10 de abril de 2019. 

La democracia se sustenta sobre los ciudadanos y sobre la igualdad de todos ante la ley. Ya se han roto las barreras de las razones de clase, el mérito personal es el que prima en las sociedades avanzadas en valores y en lo económico. Los ciudadanos, inmersos en este escenario, no se pueden mantener impasibles ni alejados de lo que acontece en su entorno. El protagonismo de cada persona es pieza esencial en ese engranaje y está obligada a cumplir con sus responsabilidades, participar activamente en los diversos espacios que constituyen el ritmo diario. Por esos compromisos debe estar en todo lo que representa la España que conocemos. Pero no basta que la sociedad asuma esa presencia y la ejerza, es necesario también que se la respete y en gran medida que no se la empequeñezca y ni se la diluya.

La realidad nos muestra que la actividad política ha suplantado y secuestrado a la sociedad al usurpar todos sus espacios, al desvirtuar sus fines, al doblegarla, ponerla a su disposición y si cabe, a sus básicos instintos. Gran parte de los políticos no son capaces de considerar a los muchos ciudadanos que tienen delante, únicamente les moviliza los intereses de partido, su proyección y el poder. Desde los principios de la transición democrática se marcaron pautas nada desdeñables. Se decidió el número de autonomías y sin contar con la opinión de sus habitantes se trocearon las regiones, se rompieron los lazos de afecto conseguidos con los años, se inventaron banderas y todo lo que pudiera acercar los propósitos políticos a un imaginario colectivo. Las Cámaras legislativas, la nacional y las autonómicas, empezaron la carrera de redactar leyes, en ocasiones contradictorias y algunas de ellas destinadas a mermar los derechos ciudadanos. La acción política ha roto la división de poderes, contrapeso necesario en todo sistema parlamentario liberal, algunos con afán de explosionar la vida en común, otros sin arranque en su posible reacción y todos en general hipnotizados han aplaudido o han callado.

Sería injusto introducir en este panorama a todo aquel que consta como ciudadano de pleno derecho, pues han sido bastantes los que se han organizado para contrarrestar esta marea tóxica. Ciudadanos que se agrupaban en contra de la mano asesina del terrorismo etarra, docentes que defendían el respeto a los menores sentados en las aulas, clientes de las cajas de ahorro que pedían sus dineros dilapidados por las pirañas políticas, asociaciones cívicas refugio del sentir ser español y así otras varias entidades o plataformas, eran los que mantenían la dignidad. Esta movilización ha sido ignorada por muchos medios de comunicación que al servicio del poder nacional o autonómico, han adulterado, tergiversado o amordazado la libertad.

Los distintos gobiernos socialistas con el terco empeño de la destrucción del sistema educativo, la incapacidad para entender el modelo económico capitalista y con un discurso envuelto en naftalina para mantenerse en su profundo arcaísmo, han dañado los intereses nacionales, han dejado a los ciudadanos en un escenario hostil y alejado de la realidad.

A la ciudadanía se le ha privado del concepto de nación de ciudadanos iguales y del empeño de solidaridad interterritorial. Frente a los doctrinarios se ha cedido hasta tal extremo que muchos sectores de la población sufren el desgarro que conlleva el no ser considerados merecedores de algunos derechos civiles, el de la lengua, el del orgullo de ser españoles, el de ser respetados al margen del lugar de nacimiento. A tal extremo se ha llegado que la iniciativa de una diputada de recordar en la Cámara autonómica catalana el escrito degradante del señor Torra sobre los españoles, es acallada incumpliendo las mínimas normas parlamentarias. La pre-campaña electoral sacada a la carta, zarandea y bloquea a los votantes y “los viernes sociales” son golpes continuos a la racionalidad, una falta de respeto a las necesidades de muchos trabajadores por considerarlos merecedores de un cebo para que piquen. Los propósitos de firmeza manifestados en momentos electorales, se dejan atrás sin cumplirlos cuando la ocasión lo propicia y las leyes no se aplican dejando al descubierto que ser político tiene a su favor una complicidad descarada.

Recuperar lo que es ser ciudadano, libre de dependencias ajenas a su criterio, capaz de dilucidar lo que quiere para sí, es la inminente tarea ante la delicada situación a la que nos han arrastrado unos farsantes vestidos de políticos. Farsantes por consentir que no se ampare la seguridad de los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos, lo que equivale a no garantizar su libertad. Con este panorama los paladines de la intransigencia actúan con bastante impunidad, poniendo adornos amarillos por doquier, asaltando las sedes de los partidos, agrediendo a todo aquel que con el uso de su libertad expresa sus gustos constitucionales y hasta desde la tribuna parlamentaria vasca esos liberticidas acusan de nazis a los que son los defensores, según la ley, de la seguridad ciudadana.

Muchas dosis de ciudadanía se necesitan si no se quiere ser súbditos.

Ana María Torrijos

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