El capítulo III de El Quijote: «De la graciosa manera que tuvo Don Quixote en armarse Cavallero»

Luis Torres Píñar

El capítulo III que aquí se reproduce es una copia literal del texto confeccionado a mano por don Gonzalo Bosch Bierge y ha sido obtenido de la web; Biblioteca Digital Hispánica. “Todos los derechos pertenecen a la Biblioteca Nacional de España”. 

De la graciosa manera que tuvo Don Quixote en armarse Cavallero

Y assi, fatigado de este pensamiento, abrevió su venteril, y limitada cena, la cual acabada llamó al Ventero, y encerrándose con él en la Cavalleriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole; no me levantaré jamas de donde estoy, valeroso Cavallero, fasta que la vuestra cortesía, me otorgue un Dón que pedirle quiero, el qual redundara en alabanza vuestra y en pro del genero humano.

El Ventero que vió á su huésped á sus pies, y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantasse; y jamas quiso, hasta que le huvo de decir, que él le otorgaba el Dón que le pedía. No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío, (respondió Don Quixote) y assi os digo que el Dón que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día, me haveis de armar Cavallero, y esta noche en la capilla de este vuestro Castillo velaré las armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las quatro partes del mundo buscando las aventuras en pro de los menesterosos, como está á cargo de la Cavalleria y de los Cavalleros Andantes, como yo soy, cuyo deseo á semejantes fazañas es inclinado.

El Ventero, que (como esta dicho) era un poco socarrón, y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo quando acabó de oír semejantes razones, y por tener que reír aquella noche, determinó seguirle el humor, y assi le dixo, que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal presupuesto era propio y natural de los Cavalleros tan principales como él parecía, y como su gallarda presencia mostraba; y que él ansi mismo, en los años de su mocedad se havia dado á aquel honroso exercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que huviese dexado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de San Lúcar, Potro de Córdova, y las Ventillas de Toledo, y otras diversas partes donde havia exercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, requestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas, y engañando á muchos pupilos; y finalmente, dándose á conocer por quantas Audiencias y Tribunales hay casi en toda España; y que á lo último se havia venido á recoger á aquel su Castillo, donde vivía con toda su hacienda y con las agenas, recogiendo en él á todos los Cavalleros Andantes de cualquiera calidad y condición que fuessen, solo por la mucha afición que les tenía, y porque partiessen con él de sus haberes en pago de su buen deseo.

Dixole también, que Y  en aquel su Castillo no havia capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero en caso de necesidad, él sabía que se podían velar donde quiera, y que aquella noche las podria velar en un patio del Castillo; que á la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias de manera que él quedasse armado Cavallero, y tan Cavallero que no pudiesse ser mas en el mundo. Preguntole si traía dineros. Respondió Don Quixote que no traía blanca, porque él nunca havia leído en las Historias de los Cavalleros Andantes que ninguno los hubiesse traído.

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Á esto dixo el Ventero que se engañaba: que puesto caso que en las Historias no se escrivia, por haverles parecido á los Authores de ellas que no era menester escrivir una cosa tan clara y tan necessaria de traerse, como eran dineros, y camisas limpias, no por esso se havia de creer que no los truxeron; y assi tuviesse por cierto, y averiguado que todos los Cavalleros Andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien erradas las bolsas por lo que pudiesse sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de unguentos para curar las heridas que recibían, porque no todas veces en los campos, y desiertos, donde se combatían, y salían heridos, havia quien los curasse, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo que luego los socorría, trayendo por el ayre, en alguna nube alguna doncella ó enano con alguna redoma de agua de tal virtud, que en gustando alguna gota de ella, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno no huviessen tenido; mas que en tanto que esto no huviesse, tuvieron los passados Cavalleros por cosa acertada, que sus Escuderos fuessen proveídos de dineros y de otras cosas necessarias, como eran hilas y unguentos para curarse; y quando sucedía que los tales Cavalleros no tenían Escuderos (que eran pocas y raras veces), ellos mismos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, á las ancas del cavallo, como que era otra cosa de mas importancia; porque no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fué muy admitido entre los Cavalleros Andantes; y por esto le daba por consejo pues aún se lo podía mandar como á su ahijado, que tan presto lo havia de ser, que no caminasse de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones recibidas, y que vería quán bien se hallaba con ellas quando menos se pensasse. Prometióle Don Quixote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y assi se dió luego orden como velasse las armas en un Corral grande, que á un lado de la Venta estaba, y recogiendolas Don Quixote todas, las puso sobre una pila que junto á un pozo estaba, y embrazando su adarga, asió de su lanza, y con gentil continente se comenzó á passear delante de la pila; y quando comenzó el passeo, comenzaba á cerrar la noche.

Contó el Ventero á todos quantos estaban en la Venta la locura de su huésped, la vela de las armas, y la armazón de Cavalleria que esperaba. Admirandose de tan extraño género de locura, fueronselo á mirar desde lexos, y vieron que, con sossegado ademán, unas veces se passeaba, otras arrimado á su lanza ponía los ojos en las armas sin quitarlos por un buen espacio de ellas.

Acabó de cerrar la noche; pero con tanta claridad de la Luna, que podía competir con el que se le prestaba; de manera que quanto el novél Cavallero hacía, era bien visto de todos. Antojósele en esto á uno de los Harrieros que estaban en la Venta, ir á dar agua á su requa, y fué menester quitar las armas de Don Quixote, que estaban sobre la pila, el qual, viéndole llegar, en voz alta le dixo: O tu, quien quiera que seas, atrevido Cavallero, que llegas á tocar las armas del mas valeroso Andante, que jamás se ciñó espada, mira lo que haces, y no las toques, si no quieres dexar la vida en pago de tu atrevimiento.

No se curó el Harriero de estas razones (y fuera mejor que se curára, porque fuera curarse en salud); antes, travando de las correas, las arrojó gran trecho de sí, lo cual visto por Don Quixote, alzó los ojos al Cielo, y puesto el pensamiento (á lo que pareció) en su señora Dulcinea, dixo: Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que á este vuestro avassallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo. Y diciendo estas, y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza á dos manos y dió con ella tan gran golpe al Harriero en la cabeza, que le derribó en el suelo tan mal trecho, que, si segundara con otro, no tuviera necessidad de Maestro que le curára. Hecho esto, recogió sus armas, y tornó a passearse con el mismo reposo que primero.

Desde allí a poco, sin saberse lo que havia passado (porque aún estaba aturdido el Harriero), llegó otro con la misma intención de dár agua á sus mulos; y llegando á quitar las armas para desembarazar la pila, y sin hablar Don Quixote palabra, y sin pedir favor ánadie, soltó otra vez la adarga, y alzó otra vez la lanza, y sin hacerla pedazos, hizo mas de tres la cabeza del segundo Harriero, porque se la abrió por quatro. Al ruido acudió toda la gente de la Venta, y entre ellos el Ventero.

Viendo esto Don Quixote, embrazó su adarga, y puesta mano á su espada, dixo: O, señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío, ahora es tiempo que buelvas los ojos de tu grandeza á este tu cautivo Cavallero, que tamaña aventura esta atendiendo. Con esto cobró á su parecer tanto ánimo, que si le acometieran todos los Harrieros del mundo, no bolviera el pié atrás. Los compañeros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lexos á llover piedras sobre Don Quixote, el qual lo mejor que podía se reparaba con su adarga y no se ossaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El Ventero daba voces que le dexassen, porque yá les havia dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matasse á todos.

También Don Quixote las daba mayores, llamándolos de alevosos, y traydores, y que el señor del Castillo era un follón y mal nacido Cavallero, pues de tal manera consentía que se tratassen los Andantes Cavalleros, y que si él huviera recibido la orden de Cavalleria, que él le diera á entender su alevosía; pero de vosotros, soéz y baxa canalla, no hago caso alguno. Tirad, llegád, venid y ofendedme en cuanto pudieredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandéz y demassia. Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le acometían; y assi por esto como por las persuasiones del Ventero, le dexaron de tirar, y él dexó retirar á los heridos, y tornó á la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero.

No le parecieron bien al Ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y darle la negra orden de Cavalleria luego, antes que otra desgracia sucediesse; y assi, llegándose á él se disculpó de la insolencia que aquella gente baxa con él havia usado, sin que él supiesse cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento.

Díxole, como ya le havia dicho, que en aquel Castillo no havia Capilla, y para lo que restaba que hacer tampoco era necessaria; que todo el toque de quedar armado Cavallero, consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del Ceremonial de la Orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer; y que yá havia cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, quanto mas que él havia estado mas de quatro.

Todo se lo creyó Don Quixote, y dixo que él estaba allí pronto para obedecerle, y que concluyesse con la mayor brevedad que pudiesse; porque si fuesse otra vez acometido, y se viesse armado Cavallero, no pensaba dexar persona viva en el Castillo, excepto aquellas que él le mandasse, a quien por su respeto dexaría. Advertido y medroso de esto el Castellano, truxo luego un libro donde assentaba la paja y cebada que daba á los Harrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho, y con las dos ya dichas Doncellas, se vino adonde Don Quixote estaba, al qual mandó hincar de rodillas, y leyendo en su Manual (como que decía alguna devota oración) en mitad de la leyenda alzó la mano, y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él con su misma espada un gentil espaldarazo, (siempre murmurando entre dientes como que rezaba) Hecho esto, mandó a una de aquellas Damas que le ciñesse la espada, la qual lo hizo con mucha desemboltura y discreción, porque no fué menester poca para no rebentar de risa á cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya havian visto del novél Cavallero les tenía la risa á raya.

Al ceñirle la espada dixo la buena señora: Dios haga á vuestra merced muy venturoso Cavallero, y le dé ventura en lides. Don Quixote la preguntó como se llamaba, porque él supiesse de allí adelante á quién quedaba obligado por la merced recibida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzasse por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un Remendón, natural de Toledo, que vivía á las Tendillas de Sanchominaya, y que dondequiera que ella estuviesse le serviría y le tendría por señor.

Don Quixote le replicó, que por su amor le hiciesse merced, que de allí adelante se pusiesse Don, y se llamasse Doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la qual le passó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntóla su nombre, y dixo, que se llamaba la Molinera, y que era hija de un honrado Molinero de Antequera; á la cual también rogó Don Quixote que se pusiesse Don, y se llamasse Doña Molinera, ofreciendola nuevos servicios y mercedes.

Hechas, pues, de galope, y apriessa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vió la hora Don Quixote de verse á cavallo y salir buscando las aventuras; y ensillando luego á Rocinante, subió en él, y abrazando á su huésped, le dixo cosas tan extrañas, agradeciendole la merced de haverle armado Cavallero, que no es possible acertar á referirlas. El Ventero, por verle yá fuera de la Venta, con no menos retóricas, aunque con mas breves palabras, respondió á las suyas, y sin pedirle la costa de la posada, le dexó ir á la buena hora.

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