El Quijote, obra maestra de nuestra literatura y de las que ocupan un lugar especial en la literatura internacional

Luis Torres Píñar
FOTOGRAFÍA. BARCELONA (ESPAÑA), 15.05.2020. Captura del capítulo I de «El Quijote», al obra maestra de nuestra literatura y de las que ocupan un lugar especial en la literatura internacional, registra el segundo lugar entre las más leídas, después de «La Biblia». Lasvocesdelpueblo (Ñ Pueblo)

Obra maestra de nuestra literatura y de las que ocupan un lugar especial en la literatura internacional, registra el segundo lugar entre las más leídas, después de La Biblia. Miguel de Cervantes Saavedra vio publicada la primera edición en el año 1605, bajo el título; «El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha» 

El Quijote, es esa obra literaria, que prácticamente conoce todo el mundo desde sus primeros años de escuela. Es también de esos libros que muchos empiezan y no terminan, por su voluminoso tamaño, el castellano popular utilizado en la época, o sencillamente su peso. Sea lo que fuere, la propuesta que aquí presentamos, es la publicación por capítulos de forma semanal para facilitar su lectura de una forma cómoda y amena, para todo el que quiera trasladarse al siglo XVII.

La obra que aquí reproducimos fue escrita a mano con letra gótica (1931-1945) por don Gonzálo Bosch Bierge y obtenido de la web Biblioteca Digital Hispánica, datos de Registro Bibliográfico; Enlace

La obra en su totalidad, queda sujeta a los derechos de reproducción establecidos por la Biblioteca Nacional de España; 

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Luis Torres Píñar

CAPÍTULO I

De la condición y ejercicio del Famoso Hidalgo Don Quixot de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un Hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más baca que carnero, salpicón las mas noches, duelos y quebrantos los Sábados lentejas los Viernes, algún palomino de añadidura los Domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto de ella concluían, sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo; y los días de entre semana se honraba con su vellori de lo mas fino. Tenía en su casa una Ama que passaba de los cuarenta, y una Sobrina, que no llegaba á los veinte; y un mozo de campo, y plaza, que assí ensillaba el rocín, como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro Hidalgo con los cinquenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador, y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quixada ó Quesada (que en esto hay alguna diferencia en los Authores que de este caso escriven), aunque por conjeturas verosímiles se dexa entender que se llamaba Quixada; pero esto importa poco á nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.

Es, pues, de saber, que este sobredicho Hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los mas del año) se daba á leer libros de cavallerías con tanta afición, y gusto, que olvidó casi de todo punto el exercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó á tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas anegas de tierra de sembradura, para comprar Libros de Cavallerías en que leer; y assí llevó á su casa todos quantos pudo haber de ellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Sylva; porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y mas quando llegaba á leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razon de la sinrazon que a mi razon se hace, de tal manera mi razon enflaquece, que con razón me quexo de la vuestra fermosura. Y tambien quando leía: Los altos Cielos que de vuestra divinidad, divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas razones perdía el pobre Cavallero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacára, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitára para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que Don Belianis daba, y recibía, porque se imaginaba, que por grandes Maestros que le huviessen curado, no dexaría de tener el rostro, y todo el cuerpo lleno de cicatrices, y señales; pero con todo alababa en su Autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como assí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorváran.

Tuvo muchas veces competencia con el Cura de su Lugar (que era hombre docto, graduado en Sigüenza), sobre qual havía sido mejor Cavallero, Palmerín de Inglaterra, ó Amadís de Gaula; Mas Maesse Nicolás, Barbero del mismo Pueblo, decía: Que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era Cavallero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga. En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le passaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y assí, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de tal manera, que vino á perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, assí de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y assentósele de tal modo en la imaginación, que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no havía otra Historia mas cierta en el mundo. Decía él, que el Cid Rui Diaz havía sido muy buen Cavallero; pero que no tenía que ver con el Cavallero de la ardiente Espada, que de sólo un rebés havía partido por medio dos fieros y descomunales Gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles havía muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, quando ahogó a Antéon, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del Gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantea, que todos son sobervios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalván, y mas cuando le veía salir de su Castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de Oro, según dice su Historia. Diera él, por dar una mano de coces al traydor de Galalón, al ama que tenía y aún á su sobrina de añadidura. En efecto, rematado ya su juicio, vino á dar en el más estraño pensamiento que jamás dió loco en el mundo, y fué que le pareció convenible, y necesario, assí para el aumento de su honra, como para el servicio de su República, hacerse Cavallero Andante, y irse por todo el mundo con sus armas y cavallo á buscar las aventuras, y á exercitarse en todo aquello que él havía leído, que los Cavalleros Andantes se exercitaban, deshaciendo todo género de agravios, y poniéndose en ocasiones, y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre yá coronado por el valor de su brazo por lo menos del Imperio de Trapisonda: y assí con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió priessa á poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fué limpiar unas armas, que havían sido de sus visabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos havía que estaban puestas, y olvidadas en un rincón. Limpiólas y

aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaxe, sino morrión simple; mas á esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encaxada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera; es verdad que para probar si era fuerte, y podía estár al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que havía hecho en una semana: y no dexó de parecerle mal la facilidad con que la havía hecho pedazos, y por assegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndola unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaxe. Fue luego á ver á su rocín, y aunque tenía mas cuartos que un real, y mas tachas que el cavallo de Gonela, que tantum pellis, & ossa fuit, le pareció que ni el Bucefalo de Alexandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Quatro días se le passaron en imaginar qué nombre le podría: porque, (según se decía él a sí mismo) no era razón que Cavallo de Cavallero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviesse sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarasse quien havía sido, antes que fuesse de Cavallero Andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él tambien el nombre; y le cobrasse famoso, y de estruendo, como convenía á la nueva orden y al nuevo exercicio, que yá professaba: y assí despues de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó á hacer en su memoria é imaginación, al fin le vino a llamar ROCINANTE, nombre á su parecer alto, sonoro y significativo de lo que havía sido quando fué rocín antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo. Puesto nombre y tan ásu gusto á su Cavallo, quiso ponérsele á sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino á llamar DON QUIXOTE, de donde (como queda dicho), tomaron ocasión los Autores de esta tan verdadera Historia, que sin duda se debía llamar QuiXada, y no Quesada, como otros quisieron decir; pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se havía contentado con llamarse Amadís á secas, sino que añadió el nombre de su Reino y Patria, por hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, assí quiso, como buen Cavallero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse Don Quixote de la Mancha, con que á su parecer declaraba muy al vivo su linaje, y Patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella. Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre á su rocín, y confirmándose á sí mismo, se dió á entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una Dama de quien enamorarse, porque el Cavallero Andante, sin amores, era arbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él: Si yo, por malos de mis pecados, ó por mi buena suerte, me encuentro por ai con algún Gigante, (como de ordinario les acontece a los Cavalleros Andantes), y le derribo de un encuentro, ó le parto por mitad del cuerpo, á finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será

bien tener á quien embiarle presentado?, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: Yo Señora, soy el Gigante Caraculiambro, Señor de la Ínsula Malindrania, á quien venció en singular batalla el jamás, como se debe alabado Cavallero Don Quixote de la Mancha, el cual me mandó que me presentasse ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mi á su talante. O, como se holgó nuestro buen Cavallero, quando huvo hecho este discurso, y más quando halló á quien dár nombre de su Dama. Y fué, á lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo havía una moza Labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque (según se entiende), ella jamás lo supo ni le dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y á esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdixese mucho del suyo, y que tirasse y se encaminasse al de Princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso, nombre á su parecer músico y peregrino y significativo, como todos los demás, que á él y á sus cosas havía puesto.

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