Esquizofrenia y carnaza, por Amaya Guerra

.Mientras se producen estas meditaciones propias de San Agustín de Hipona, los hombres continúan tapados, celebrando que las calles y colegios e institutos se hayan convertido en un prostíbulo orgulloso, en el que las mujeres compiten por desnudarse y recibir estatus a cambio. Porque en ello estriba estar liberada y no ser una facha reprimida

FOTOGRAFÍA. MUNDO, DICIEMBRE 2018. Juguetes sexuales calientes para mujer señal de neón. esposas en la pared de ladrillo oscuro. Imagen creada por Freepik. Lasvocesdelpueblo (Ñ Pueblo)

Pese a la normalización de lo que debería ser insólito, pedir a una mujer material sexual propio (erótico o pornográfico), es y será siempre deshonroso, para el solicitante y el solicitado.

La palabra puta continúa inserta en el vocabulario cotidiano. Dado que suele seguir considerándose indigno ganarse la vida copulando, el término también se emplea como insulto modelo, genérico, independiente de su etimología: según la Real Academia Española (RAE), “quizá del latín vulgar puttus, niño”. Lucir un atuendo (o mejor dicho, falta del mismo) propio de la profesión, también venía unido al calificativo fulana; utilizo el tiempo pasado porque desde hace dos décadas las putas ya no quieren parecer señoras, y las que podrían ser señoras deciden vestir como putas, apariencia férreamente impuesta (si bien disfrazada de inocua tendencia) por las redes sociales y la televisión.

Hoy día, si una mujer decide cubrir el propio cuerpo, generalmente por motivos de dignidad (no somos animales), higiene y estética (casi todos estamos más guapos tapados, casi nadie es Venus o Adonis), es ridiculizada por muchos, acusada (porque es una acusación, y una forma de discriminar) de ser monjil, mojigata, remilgada… de ser una niña, no una mujer ni una adulta; tampoco atractiva o popular, lo cual en una sociedad exhibicionista y narcisista hasta lo enfermo como la nuestra, equivale para muchos a no existir.

Desde la pérdida del conservadurismo social, se necesita poner las tetas sobre la mesa para ser una Mujer, llamar la atención o incluso para conseguir un empleo. La carne atrae, reclama, genera conversación; porque es fácil, apela a los instintos, no requiere desconectarse de la anestesia audiovisual y usar la razón. Se precisa capacidad de observación, inteligencia, criterio, sensibilidad, y moral para valorar lo intangible, cruzar la superficie de la carne y alcanzar la esencia humana. Dada la involución que nuestra especie padece desde la imposición dictatorial de las pantallas en todos los ámbitos de la sociedad, esos requisitos resultan inaccesibles para muchos, que, como alternativa, se entregan a la autodestrucción escogiendo lo fácil, rápido, barato, vulgar, y por todo ello, lo vacío.

Existen varias industrias multimillonarias que a través de esas pantallas desarrollan estrategias publicitarias o de lavado de cerebro, agresivas y omnipresentes, para favorecer la regresión de la inteligencia y la sensibilidad humanas, el abandono del interior y la obsesión con el exterior: moda (compra este pantalón y te sentirás triunfadora y superior), maquillaje, filtros para cámara fotográfica, aplicaciones informáticas y redes sociales; tratamientos estéticos y dietas insanas porque se censuran las arrugas y se impone la talla única. El objetivo de todas esas industrias es la deshumanización, la despersonalización, la masificación que asesina el alma del individuo. Al tiempo, otras industrias igualmente eficientes taladrean la mente (de quien se lo permita) con el mensaje de la autoaceptación y la verdad. Es contradictorio y enloquecedor.

Muchas de estas empresas están especialmente centradas en la mujer, a quien también se bombardea con el concepto del feminismo, movimiento que murió en los años 70 del pasado siglo debido a que hoy se le ofrece una naturaleza opuesta a la originaria, la real: ser feminista no consiste en practicar el nudismo en la calle o las pantallas, en renunciar a tu feminidad, el matrimonio, o la maternidad, tampoco consiste en odiar a los hombres o buscar destruir su masculinidad; el feminismo pretende que una mujer sea valorada por su intelecto, su cultura, su moral y su personalidad, no su cuerpo.

La realidad es esquizofrénica: el vocablo puta y sus sinónimos continúan utilizándose ampliamente. Para validar ese insulto mientras mantenemos y ampliamos el mercado de abastos en que se ha convertido la sociedad y la fantasía de las pantallas, hemos generado todavía más disparates poco edificantes: he escuchado con asombro a varias personas (sobretodo mujeres jóvenes) asegurar que si una fémina enseña la teta es sexy, si descubre el pezón cae en el terreno putero; mostrar la nalga es positivamente provocativo, exhibir el ano es pornográfico.

Mientras se producen estas meditaciones propias de San Agustín de Hipona, los hombres continúan tapados, celebrando que las calles y colegios e institutos se hayan convertido en un prostíbulo orgulloso, en el que las mujeres compiten por desnudarse y recibir estatus a cambio. Porque en ello estriba estar liberada y no ser una facha reprimida.

No existen fronteras cuando se trata de alimentar el insaciable monstruo de la vanidad y el egocentrismo. Violamos la propia dignidad con el objetivo de recibir atención y escuchar nuestro nombre pronunciado, que se apriete un botón dentro de una pantalla junto a un alias, supuesto representante de nuestra identidad como seres humanos. Mientras, establecemos débiles y ridículos lindes para posicionarnos por encima de los demás y disculparnos: si yo expongo el surco glúteo y tú la hendidura interglútea, tú eres más puta que yo.

Amaya Guerra

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