¿Esta fiesta quién la paga?

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FOTOGRAFÍA. FECHA Y LUGAR RELACIONADOS CON EL CONTENIDO. BARCELONA (ESPAÑA)/CIUDAD DE BUENOS AIRES (ARGENTINA), 28 DE JUNIO DE 2026. ¿Esta fiesta quién la paga? En la derecha de la imagen, el pueblo asfixiado de impuestos, con los que la élite corrupta del país financia sus banquetes y fiestas, en la izquierda de la imagen. Una ilustración de Edmundo Fuster "Mundy Fuster"/Lasvocesdelpueblo (Ñ Pueblo)
FOTOGRAFÍA. FECHA Y LUGAR RELACIONADOS CON EL CONTENIDO. BARCELONA (ESPAÑA)/CIUDAD DE BUENOS AIRES (ARGENTINA), 28 DE JUNIO DE 2026. ¿Esta fiesta quién la paga? En la derecha de la imagen, el pueblo asfixiado de impuestos, con los que la élite corrupta del país financia sus banquetes y fiestas, en la izquierda de la imagen. Una ilustración de Edmundo Fuster "Mundy Fuster"/Lasvocesdelpueblo (Ñ Pueblo)

Barcelona (España), sábado 28 de junio de 2026 (Edmundo Fuster «Mundy Fuster»).- ¿Esta fiesta quién la paga? La política suele vendernos ilusiones nórdicas mientras la realidad nos devuelve espejos donde la casta y el ciudadano de a pie nunca se encuentran. Entre el «deslomarse», los pendrives perdidos y una moralidad que se desmorona ante nuestros ojos, la pregunta vuelve a ser la misma que me hacía hace casi 25 años en Europa: ¿quién financia este derroche? Un análisis sobre la decepción, la pérdida de confianza y el costo que, una vez más, terminamos pagando «Los Nosotros».

¿ESTA FIESTA QUIÉN LA PAGA?

Llegué a España en el año 2003 y en mi primer viaje de Madrid a Pamplona vi una cantidad enorme de torres, de esas que se usan en las obras para mover material. Aunque desde joven me he dedicado a la construcción, no dejaba de sorprenderme. Eso significaba obras por todos lados, movimiento, ocupación, progreso. Con la inocencia de Heidi le pregunté a mi hermano, que hacía poco más de un año que había emigrado, si España tenía petróleo. Me dijo que no. Si tenía minerales. Otra vez la respuesta fue negativa. Si tenía una agroindustria desarrollada. También no.

Entonces pregunté: ¿Esta fiesta (de consumo, edificación, rutas transitables, etc.) quién la paga? Pasó casi un cuarto de siglo. Hoy escuchaba en la radio que Manuel Adorni y sus colaboradores más cercanos habían vaciado los cajones de sus escritorios y los armarios de sus despachos, símbolo inequívoco de que el final es inminente.

En ese momento cerré los ojos y mi mente me devolvió la imagen de aquellas torres por todos lados, de sudaca recién llegado a Europa. Y volvió la misma pregunta, intacta: ¿Esta fiesta quién la paga? Desde marzo, cuando se descubrió que el Jefe de Gabinete había viajado con su esposa en un vuelo oficial, hasta hoy, han pasado más de 100 días. En ese tiempo, el tema se convirtió en una serie por capítulos, con más audiencia que Las mil y una noches. Cada día un agregado nuevo, cada día un personaje nuevo, cada día una vuelta más. Del patético «deslomarse» al pendrive encontrado, todo fue creciendo como una acumulación que no cerraba nunca. Esto generó una caída importante en la consideración general del gobierno, tensiones en el gabinete, problemas con gobernadores aliados, cortocircuitos entre la senadora Bullrich y la Secretaría General de la Presidencia, parálisis legislativa, y la invisibilización de cualquier otra agenda económica.

Todo absorbido por el Caso Adorni. Nadie, ni propios ni extraños, pudo entender la razón de tanta defensa. Cuando por mucho menos a otros funcionarios se los había apartado, acá se sostenía hasta lo imposible. Los oficialistas haciendo esfuerzos por justificar lo injustificable. Los aliados transitorios pidiendo tiempo. La oposición haciendo lo suyo, como era previsible. Y la oposición amistosa, con comunicados lapidarios y actitudes contemplativas, que terminaban siendo casi más incómodas que el silencio.

Adorni, siempre Adorni después de la presentación de la Declaración Jurada

Mientras tanto, la gente de carne y hueso cada día la pasa peor. La vara de la moralidad y la decencia se elevó tanto que algunos parecieron creer que éramos un país nórdico o Singapur. Y en ese contexto, cada explicación oficial sonaba más desconectada de la calle que de la realidad. Según todas las encuestas, la imagen del gobierno cayó de forma abrupta, arrastrada por la del jefe de Gabinete. Y eso, para una parte importante de la sociedad, es imperdonable: porque se percibe que el cambio de cargo implica un cambio de vida. Departamentos, barrios exclusivos, autos nuevos, viajes, vida de millonario con sueldo congelado.

Muchos comemos vidrio, pero que nadie pretenda que digamos: ¡qué rico! Mientras todo esto pasaba, el gobierno y los legisladores quedaron semi paralizados, absorbidos por el tema. Y la oposición, alterada, porque no le encontraban el agujero al mate. Y Los Nosotros, la gente del común: peronistas desengañados, viejos meados, jóvenes con ilusiones, todos militantes de la vida, los que bancamos ajustes porque creemos que alguna vez pueden tener sentido, otra vez decepcionados. Duele escuchar el «son todos iguales». Y más duele todavía la sospecha instalada de que todo es lo mismo, que nada cambia. Porque cuando la historia que se cuenta resulta increíble, se habilita a que cada uno piense lo que quiera. Podrán censurar voces, castigar a quien denuncia, pero no se puede disciplinar el pensamiento.

En la calle, en el colectivo, en el tren, en la mesa del domingo, la conversación ya ocurrió. A nadie le escuché decir que las vacas vuelan. Y tampoco a nadie que haya creído completamente las explicaciones dadas. Ya no importa si es cierto o no: la opinión pública ya dio su veredicto. Desde explicaciones insólitas hasta justificaciones creíbles, se escuchó de todo. Sobres, sociedades, tráfico de influencias, combinaciones varias.

Uno puede pensar: ¿no habrá sido así? Este asunto podrá salir de la escena pública en unos días y pasar íntegro a la órbita judicial. Pero queda una pregunta incómoda: Todo lo adquirido, ¿lo seguirá disfrutando? Si se comprueba que los números no cierran, si se concluye que hubo origen non sancto, ¿es justo que se mantenga? Algunos intentan comparar este caso con otros de corrupción para relativizarlo. Pero eso es un error. Lo que está en discusión no es la magnitud: es la conducta. No es una cuestión de cantidad. Es una cuestión de decencia.

Este caso, sumado a otros episodios aún abiertos dentro de la misma administración, $Libra, sobreprecios en el PAMI, ANDis, ARSAT, tarjetas corporativas de Nucleoeléctrica, contrataciones cruzadas, viajes oficiales y partidarios, devuelve una sensación conocida. La de siempre. La que sintetizaba aquel viejo axioma del senador Luis Juez: que en cada elección terminamos eligiendo entre Drácula y Frankenstein. Quien asuma la conducción del país al final de este mandato tendrá que hacerlo con beneficio de inventario. Porque quedarán demasiadas cosas por revisar. Y entonces vuelve, inevitable, la pregunta inicial. ¿Esta fiesta quién la paga?

Edmundo Fuster «Mundy Fuster»