Jorge Moruno: “¿Dónde está la fuerza del trabajo; Cómo y a qué escala forjamos nuevos criterios?”

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El miembro del Consejo Ciudadano de Podemos y autor del libro ‘La Fábrica Del Emprendedor’, Jorge Moruno, se pregunta “¿Cómo y a qué escala forjamos nuevos criterios de ciudadanía que repartan tiempo, seguridad y riqueza conforme a la altura de los tiempos? Eso nos recuerda lo importante que es traer al presente la historia pasada para poder pensar nuestro futuro. Porque nada está escrito en piedra. Todo cambia pero el espíritu permanece”, afirma el escritor español en su artículo titulado “¿Dónde está el trabajo?” que publica el diario ‘El Mundo’, este viernes con el motivo del ‘Día Internacional de Trabajo’. ” La historia no se acaba, siempre vuelve, como Poltergeist”, concluye.

¿Dónde está la fuerza del trabajo?”

El ser humano ha trabajado a lo largo de la historia, pero no siempre lo ha hecho de la misma manera y lo ha concebido igual. Desde la crisis de los años 70 del pasado siglo, nuestras sociedades afrontan una verdadera mutación -ahora de forma acelerada- en la propia naturaleza del trabajo. El trabajo que hemos conocido a lo largo del siglo XX y que da sus últimos coletazos a principios del XXI, es el trabajo concebido como empleo. El trabajo como empleo es el trabajo entendido como la vía de acceso a la ciudadanía. Todo este ciclo es lo que se está derrumbando. Una crisis de régimen general que luego en cada país adopta una forma particular. Crisis de una determinada forma de comprender, ordenar y estructurar la sociedad alrededor del empleo.

Las condiciones de solidaridad conquistadas y el engranaje que estabilizaba y regulaba el pacto social, se presentan hoy como elementos rígidos que impiden el desarrollo flexible de la competitividad. Los derechos colectivos como las pensiones pasan a convertirse en servicios privados, el endeudamiento sustituye a los bajos salarios y ataca los cimientos de la democracia. La feroz competencia por atraer y fidelizar clientes, los ritmos frenéticos de la producción a tiempo real -just in time- y las tendencias del consumo, giran en torno a la llamada economía de la atención. Ésta se describe por la capacidad de un actor empresarial para atraer la atención -tiempo de cerebro disponible- del público en un ambiente colapsado de estímulos publicitarios. Los ingredientes con los que se cocina la publicidad y el consumo se encuentran en la información y los datos registrados: el rastro y la huella que vamos dejando cuando compramos y se pasa un código de barras, cuando buscamos información, cuando opinamos e intercambiamos fotos, pareceres y comentarios, cuando conducimos, todo queda registrado y todo es susceptible de ser vendido y usado para vender otras cosas. Hoy existir implica producir.

Los sistemas comunicativos y el ámbito cultural entran de lleno y se incorporan al campo de la producción, una producción que desborda los márgenes de la jornada laboral que separaba el tiempo de trabajo del tiempo de vida. Se transforma nuestra percepción que tenemos del tiempo: ahora todo es un espacio liso, no hay límites, no hay festivos ni fines de semana que se escapen del trabajo. Non stop 24 horas al día, 7 días a la semana, disponibilidad total. El trabajo se come a la vida, incluso cuando no se tiene o se trabaja por horas, y entra en la intimidad a través de los dispositivos tecnológicos con el móvil a modo de nueva cadena de montaje.

Paralelamente, la gestión empresarial -new management- demanda cada vez más mantener un contrato emocional entre el trabajador y la empresa, mientras se reducen las garantías asociadas al trabajo. Ya no es suficiente hacer lo tuyo e irte, debes sentirlo como propio y darlo todo en cuerpo y alma. Ahora importa menos la cantidad de cosas que se producen, importa más exponer resultados y conseguir objetivos ligados al interés de los accionistas. Independientemente de cuándo, cómo, dónde y cuánto tiempo requiera conseguirlo impera una máxima: no me importa cómo lo hagas, cómo te organices, pero esto tiene que estar, arréglate como veas.

Los contornos de esta nueva realidad pueden describirse como una ensalada de la historia, donde resucitan formas olvidadas de explotación y dominación, junto con el descubrimiento de otras modalidades inéditas. Todo ello sometido al humor del régimen de las finanzas que condiciona al resto de sectores. Encontramos una abultada y creciente parte de la población que tiene obstaculizado el acceso a la ciudadanía a través del empleo. Precarios, becarias, prácticas, emprendeudores, falsos autónomos, subcontratas, sin papeles, paro estructural, son algunos de los rostros que encarnan este nuevo ejército proletario en el Medioevo postmoderno.

La estabilidad, la experiencia, el trabajo que lleva su tiempo y dedicación, la promoción y los planes a largo plazo, comienzan a ser experiencias del pasado. Los derechos asociados al empleo empiezan a sustituirse en una carrera individual por mejorar tu empleabilidad, por adaptarte y convertirte en accionista de tu fuerza de trabajo capaz de actualizarte como un antivirus en un entorno hostil. En ausencia de un tejido social sólido que amortigüe las caídas, los efectos del estrés, la soledad y la desorientación, se busca refugio en la autoayuda, las pastillas o el coaching.

Estamos obligados a repensar la condición de ciudadanía y el papel del trabajo, obligados a darle un nuevo sentido más allá de lo que entendemos como empleo. Una encrucijada histórica cuya respuesta nunca es técnica porque siempre responde a cuestiones políticas, de economía política, esto es, fruto del conflicto. Estamos ante una situación quijotesca, o maquiavélica: cómo ser capaces de pensar y aventurarnos a lo nuevo en ausencia de los instrumentos para hacerlo. Deambulamos en un desierto sin brújula, pero forzados a tomar decisiones y asumir riesgos.

¿Dónde está la fuerza de la fuerza de trabajo, cuando el trabajo cambia y también cambian quienes trabajan? ¿Cómo y a qué escala forjamos nuevos criterios de ciudadanía que repartan tiempo, seguridad y riqueza conforme a la altura de los tiempos? Eso nos recuerda lo importante que es traer al presente la historia pasada para poder pensar nuestro futuro. Porque nada está escrito en piedra. Todo cambia pero el espíritu permanece. La democracia se defiende ejerciéndola y el 1º de mayo es muestra de ello. La historia no se acaba, siempre vuelve, como Poltergeist.

Jorge Moruno

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