Quixote Capítulo II. «De la primera salida que de su Tierra hizo el Ingenioso Don Quixote»

Luis Torres Píñar
FOTOGRAFÍA. MADRID (ESPAÑA), 21.04.2020. Estatua de Don Quijote con una mascarilla frente a la Casa Natal de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares. Efe promueve con motivo del Día del Libro una lectura virtual del Quijote en la que participarán cerca de un centenar de representantes de diversos ámbitos de la sociedad, la mayoría desde el confinamiento en sus hogares que marca este año las celebraciones del 23 de abril. Efe

 Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar mas tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta q él pensaba q hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios q pensaba dshacer, tuertos q endrezar, sinrazones q enmendar, y abusos q mexorar, y dudas q satisfacer; y assi, sin dar parte a persona alguna d su intención, y sin q nadie le viese, una mañana, antes dl día (q era uno d los calurosos dl mes d Xulio), se armó d todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embraçó su adarga, tomó su lança, y por la puerta falsa d un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo d ver con quánta facilidad havía dado principio a su buen deseo.; mas apenas se vió en el campo, quando le assaltó un pensamiento terrible, y tal, q por poco le hiciera dexar la comenzada empresa: y fue q le vino á la memoria q no era armado Cavallero, y q, conforme a la ley d Cavallería, ni podía ni debía tomar armas con ningún Cavallero; y puesto qeu lo fuera, havía d llevar armas blancas, como novel Cavallero, sin empressa en el escudo, hasta q por su esfuerzo la ganasse. Estos pensamientos le hizieron titubear en su propósito; mas pudiendo mas su locura q otra razón alguna, propuso d hacerse armar Cavallero del primero q topasse, á imitación de otros muchos q assi lo hicieron, según él havía leído en los libros q tal le tenían. 

En lo d las armas blancas pensaba limpiarlas d manera, (en teniendo lugar), q lo fuessen mas q un armiño: y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro q el q su cavallo quería, creyendo q en aquello consistía la fuerza d las aventuras. Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo, y diciendo: Quién duda sino que en los venideros tiempos, quando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escriviere, no ponga, quando llegue á contar esta mi primera salida tan d mañana, desta manera?

“Apenas havía el rubicundo Apolo tendido por la fáz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados paxarillos con sus arpadas lenguas havían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada Aurora que dexando la blanda cama del zeloso marido, por las puertas y balcones del Manchego Orizonte á los mortales se mostraba, quando el famoso Cavallero Don Quixote de la Mancha, dexando las ociosas plumas, subió sobre su famoso cavallo Rocinante, y comenzó á caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. (Y era la verdad que por él caminaba) y añadió diciendo: Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán á luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronce, esculpirse en mármoles y esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria de lo futuro.

¡O tú, sabio encantador, quien quiera q seas, aá quien ha d tocar el ser Coronista de esta peregrina Historia! Ruégote q no te olvides d mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras. ¡Luego bolvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado! ¡O, Princesa Dulcinéa, señora de este cautivo corazón! Mucho agravio me avedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuytas por vuestro amor padece.

Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le havían enseñado, imitando en quanto podía su lenguage; y con esto caminaba tan despacio, y el Sol entraba tan apriessa y con tanto ardór, que fuera bastante á derretirle los sesos, (si algunos tuviera) Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuesse, de lo qual se desesperaba, porque quisiera topar luego, con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fué la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los Molinos de Viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, sin faltarle su Puente Levadiza y honda caba, con todos aquellos adherentes que semejantes Castillos se pintan.

Fuese llegando a la Venta (que á él le parecía Castillo), y á poco trecho de ella detuvo las riendas á Rocinante, esperando que algún Enano se pusiese entre las almenas á dar señal con alguna Trompeta de que llegaba Cavallero al Castillo; pero como vió que se tardaban, y que Rocinante se daba priessa por llegar á la cavalleriza, se llegó á la puerta de la Venta, y vió a las dos distraídas mozas que allí estaban, que á él le parecieron dos hermosas doncellas, ú dos graciosas damas, que delante de la puerta del Castillo se estaban solazando.

En esto sucedió acaso que un Porquero, que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que sin perdón assi se llaman), tocó un cuerno, á cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a Don Quixote lo que deseaba, que era que algún Enano hacía señal de su venida, y assi con extraño contento llegó á la Venta y a las damas, las quales, como vieron venir á un hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban á entrar en la Venta; pero Don Quixote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y pavoroso rostro, con gentil talante y voz reposada les dixo: No fuyan las vuestras mercedes, nin teman desaguisado alguno, cá á la órden de Cavallería que professo, non toca ni atañe facerle mal á ninguno, quanto mas á tan altas doncellas, como vuestras presencias demuestran.

Mirabanle las mozas y andaban con los ojos buscándole el rostro que la mala visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera d su professión, no pudieron tener la risa, y fué de manera, que Don Quixote vino a correrse y á decirlas: Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandéz además la risa que de leve causa procede; pero non vos lo digo porque os acuytedes ni mostredes mal talante, que el mío non es de al que de serviros.

El lenguaje no entendido de las señoras, y el mal talle d nuestro Cavallero, acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y passara muy adelante, si á aquel punto no saliera el Ventero, hombre que por ser muy gordo era muy pacífico, el qual, viendo aquella figura contrahecha, armada d armas tan desiguales, como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar á las doncellas en las muestras de su contento; mas, en efecto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle comedidamente, y assi le dixo: Si vuestra merced, señor Cavallero, busca posada, á mén del lecho (porque en esta Venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia.

Viendo Don Quixote la humildad del Alcaide de la Fortaleza (que tal le pareció á él el Ventero y la Venta), respondió: Para mí, señor Castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas, mi descanso el pelear,& c. Pensó el huésped que el haverle llamado Castellano havía sido por haverle parecido de los sanos de Castilla, aunque él era Andaluz y de los de la Playa d S. Lúcar, no menos ladrón q Caco, ni menos maleante que estudiante ó page; y assi le respondió: Según esso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir siempre velar; y siendo assi, bien se puede apear con seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no dormir en todo un año, quanto mas en una noche; y diciendo esto, fué á tener del estrivo á Don Quixote, el qual se apeó con mucha dificultad y trabajo, (como aquel q en todo aquel día no se havía desayunado).

Dixo luego al huésped que le tuviesse mucho cuydado de su cavallo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el Ventero, y no le pareció tan bueno como Don Quixote decía, ni aun la mitad; y acomodandole en la cavalleriza, bolvió a ver lo que su huésped mandaba; al cual estaban desarmando las doncellas (que ya se havían reconciliado con él), las quales, aunque le havían quitado el peto y el espaldar, jamas supieron ni pudieron desencaxarle la gola, ni quitarle la contrahecha celada, q traía atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los nudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera; y assi se quedó toda aquella noche con la celada puesta, q era la mas graciosa y extraña figura que se pudiera pensar; y al desarmarle (como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le desarmaban, eran algunas principales señoras y damas de aquel Castillo), les dixo con mucho donaire:

Nunca fuera Cavallero de damas tan bien servido, como fuera Don Quixote quando de su Aldea vino; doncellas curaban de él, Princesas de su Rocino.

O Rocinante!, que este es el nombre, señoras mías, de mi cavallo, y Don Quixote de la Mancha el mío; que puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fazañas fechas en vuestro servicio y pro, me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito presente este Romance viejo de Lanzarote, ha sido causa que sepáis mi nombre antes de toda razón; pero tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden, y yo obedezca, y el valor d mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros. Las mozas, que no estaban hechas á oír semejantes retóricas, no respondían palabra; solo le preguntaron si quería comer alguna cosa? Cualquiera yantaría yo, (respondió Don. Quixote), porque á lo que entiendo me haría mucho al caso.

A dicha acertó á ser viernes aquél día, y no havía en toda la Venta sino unas raciones de un pescado, que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntaronle si por ventura comería su merced truchuela, que no havía otro pescado que darle a comer. Como haya muchas truchuelas, (respondió Don Quixote), podrán servir de una trucha; porque tanto se me dá que me dén ocho reales en sencillos, que una pieza de á ocho; quanto mas, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la baca, y el cabrito que el cabrón; pero sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el govierno de las tripas.

Pusiéronle la mesa á la puerta de la Venta por el fresco, y tráxole el huésped una porción del mal remojado, y peor cocido bacallao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus manos, si otro no se lo daba y ponía; y assi una d aquellas señoras servía de este menester; mas al darle de beber no fue posible, ni lo fuera, si el Ventero no horadara una caña, y puesto el un cabo en la boca, por el otro, le iba echando el vino, y todo esto lo recibía en paciencia, á trueco de no romper las cintas de la celada.

Estando en esto, llegó acaso á la Venta un castrador d puercos, y assi como llegó sonó su silvato de cañas quatro o cinco veces, con lo qual acabó de confirmar Don Quixote que estaba en algún famoso Castillo, y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas, el pan candeal, y las rameras damas, y el Ventero Castellano del Castillo; y con esto daba por bien empleada su determinación y salida; mas lo que mas le fatigaba era el no verse armado Cavallero, por parecerle q no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recibir la orden de Cavallería.

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