Una experiencia civil de lo militar

.Sentí vergüenza ajena en aquella sala de universidad, y recé para que el oficial y sus compañeros presentes no generalizasen, para que pensasen que existe alguna persona que considera que ese ambiente es inaceptable, bochornoso, que ellos merecen mucho más de los civiles, y que algunos somos conscientes del significado y trascendencia de su hoja de servicio, esa ante la que el público reacciona como quien oye llover

FOTOGRAFÍA. BARCELONA (ESPAÑA), 29.05.2021. Honores a los caídos con el himno 'la muerte no es el final' y ofrenda floral. El Ejército celebra el Día de las Fuerzas Armadas 2021 en el Bruch de Barcelona con su teniente general inspector general del Ejército de España en Cataluña, Fernando Aznar Ladrón de Guevara, las autoridades militares, policiales y civiles —excepto la presidente del parlamento de Cataluña, Laura Borrás Castanyer, y resto de líderes del separatismo, que han brillado por su ausencia pese a la invitación cursada por el Ejercito—. Lasvocesdelpueblo (Ñ Pueblo)

Redacción-. Barcelona (España), jueves 26 de agosto de 2021. He tenido la oportunidad de acudir a lo largo de los años a varias conferencias impartidas por militares, y visitar instalaciones castrenses. Lo he vivido como una ocasión dorada de aprender acerca de un mundo lamentablemente lejano para la mayoría de civiles. Me he sentido afortunada de formar parte de un público al que personas de alta graduación, con una dilatada experiencia, avanzado conocimiento y graves responsabilidades laborales, han dedicado tiempo, atención y paciencia.

La sociedad civil sostiene con los impuestos la Defensa y los militares arriesgan la vida con frecuencia por los españoles, y dedican décadas a estudiar y trabajar para ofrecernos seguridad y orden, elemento esencial para que la sociedad no se destruya. Pocos civiles parecen tener conciencia de todo ello, y todos debieran investigar, escarbar, para conocer quién ha generado la paz que disfrutan, y quién la mantiene.
Existen amplia bibliografía sobre la ciencia castrense, sus leyes, psicología… Es una experiencia todavía más viva y emocionante que la lectura, acceder al mundo militar de la mano de sus componentes y en una sala de conferencias o edificio oficial. Algunos contamos con una ardiente y perpetua motivación cognitiva, difícil de satisfacer; por ello, cuando la civil que escribe ha tenido la oportunidad de acudir a escuchar a grandes profesionales militares, lo ha hecho con diligencia y una inmensa sonrisa.

Hablaré de distintas conferencias y visitas castrenses, sin especificar fecha ni lugar.

He tenido el privilegio de escuchar a una persona que, aparte de haberse graduado en la academia superior militar, había conseguido una licenciatura en ciencias y una ingeniería. Su exposición contó con una riqueza de contenido y una forma lingüística dolorosamente difíciles de encontrar hoy día. Para colmo, se mostró tremendamente humilde, e incluso tomó un avión para acudir a hablarnos. Me hubiera gustado darle las gracias, y hacerle saber que algunos le colocamos en un puesto alto en el escalafón humano, por encima de la mayoría que tenemos que soportar a diario, analfabetos gritones con chancla que creen mear colonia. Tener cerca a personas como él, me ayuda a crecer y aporta oxígeno.

En otra ocasión pude observar y escuchar al teniente coronel S.C.C. La primera impresión que me causó es que es un hombre profundamente inteligente, muy sólido y estable; alguien fiable. Con gran autocontrol y un sistema nervioso resistente. Parecía tener los mismos valores que tantos otros militares que he conocido: lealtad, férrea disciplina, inagotable valentía, y gran capacidad para pasar a la acción (después de haber pensado). También parece poseer inteligencia lógico-estratégica, además cultivada. Esto puede no llamar la atención de compañeros de armas porque casi todos la poseen, pero para alguien como yo, con un cerebro diseñado de una forma diferente, acceder a esa forma de pensar, de mirar el mundo, es sorprendente y fascinante, y supone una oportunidad de aprendizaje inestimable.

Muchas personas hoy día cuentan con egos insaciables o gran inseguridad, por ello necesitan tanto como respirar el llamar la atención. Normalmente lo intentan realizando comentarios (de escasa erudición) y lanzando risita falsa, ambos cada cinco minutos. Desde luego esas personas llaman la atención… para resultar ridículas y agotadoras. El teniente coronel S.C.C. no necesita asegurarse de que toda la sala oiga su voz o le mire de forma constante, seguramente porque no está enfermo de vanidad, porque tiene autoestima, y la agradable virtud de la discreción.

En las conferencias existe en ocasiones un metomentodo prepotente: ése que responde preguntas que se han lanzado a otra persona, que por cierto sabe el doble que él, y además es el conferenciante único. Con todo, el indeseable se mete con calzador; la soberbia y la desesperación no alcanzan límite. El teniente coronel S.C.C. se comportó de forma opuesta, porque él sí sabe estar en su sitio, y ser oportuno: conoce cuándo es momento de abrir la boca (para ser pertinente y necesario), y cuándo de cerrarla.

Pese a apenas escuchar su voz (no recuerdo su timbre) y estar yo sentada en las últimas filas de la sala, él captó mi atención más que todos sus compañeros juntos, y causó una honda impresión.

Seguramente se debe a que tiene presencia, personalidad y carisma, por eso no necesita hacer aspavientos ni despegar los labios para sobresalir y ser recordado.

J.P. es capitán en la UME. Describiré la primera impresión que me causó: estaba muy orgulloso de ser militar. Parecía estar… en su sitio, y por ello me atrevería a decir que no hay lugar en el mundo en el que prefiriese encontrarse. Observé que trataba con el mismo respeto a sus superiores y a sus subordinados, lo cual indica la clase de persona que es: existen muchos individuos que buscan posiciones de autoridad para atacar a sus empleados, abusar con impunidad. Él trataba con gran compañerismo a todas las personas bajo su mando, al tiempo que mantenía la estricta jerarquía y la seriedad. Es un equilibrio ideal, difícil de conseguir.
Hablaré ahora de V.: no recuerdo su apellido ni graduación, sólo que es cercano al capitán antes mencionado. V. ha sido legionario y ahora está en la UME, es decir, ha probado ampliamente su dureza y resistencia física y mental. Seguramente ha pasado por varias situaciones trágicas que los civiles sólo vemos en películas y videojuegos, y pese a ello, la vida no parece haberle vencido, conserva el sentido del humor y cierta alegría. También ha vivido auténticas aventuras, y conocido a toda clase de personas. A diferencia de otros, nunca mencionó ser “amigo personal” de nadie: no le hace falta, supongo, él ya sabe quién es, y sus amigos y compañeros, también. Pese al largo y ancho camino que ha recorrido, en todo momento se mostró sencillo, cercano y sin pretensiones. Otros, que no han hecho nada en la vida o sólo una tercera parte que V., viven con altivez y presunción.

V. debe tener varias medallas, y me refiero a medallas de verdad, esas que se otorgan por arriesgar las pelotas todavía más que a diario, por demostrar aún más coraje que normalmente, salvar vidas humanas, o llevar a cabo actos heroicos semejantes. Él no mencionó el tema de las medallas; a otros que sólo cuentan con medallas honoríficas, ese cupo que el general está obligado a repartir al año, caiga a quien caiga, les falta tiempo para restregarlas por la cara a todo ser vivo, con petulancia y tono de adolescente chulo de Lavapiés.

Miré los antebrazos de V. y me pregunté cuántos soles los habrían bañado. Contemplé sus ojos mientras miraban con camaradería y respeto al capitán J.P., y me pregunté cuánto habrían visto esos ojos; deseé sentarme a escucharle durante horas, sin interrumpirle. Él fue parco en palabras, pese a tener aspecto de poder decir mucho.
Por qué siempre ocurre lo mismo: uno pagaría para dejar de escuchar a esos que pasan el día cotorreando irrelevancias y sandeces, y cuando aparece alguien como el teniente coronel S.C.C. o V., resultan ser personas tan calladas como el capitán Alatriste.

Asistí a una conferencia del teniente coronel E.A.O. La denominaría “bajo control”: algunos ponentes (civiles, en mi experiencia hasta la fecha) faltan el respeto al público no preparándola, se limitan a lanzar al aire lo primero que cruza su mente, sin orden ni sentido, hasta agotar los minutos. La intervención de E.A.O., aparte de planeada, fue cohesiva y completa, redonda, y tuvo personalidad, estilo propio. Logró algo inusual: ser comprensible para los profanos, y al tiempo, densa e instructiva: me desveló varias ideas, logró activar y estimular mi cerebro.

El teniente coronel, a diferencia de todos los conferenciantes que he conocido, fue más allá del estricto tema del curso, y aportó un elemento humano, personal: animó a los jóvenes de entre el público a ser valientes en su vida, a tomar decisiones, dado el mérito que ello entraña, y a asumir responsabilidades. En un país donde tantos viven señalando con el dedo y mirando para otro lado, lavándose las manos, fue insólito escuchar esas palabras. Así mismo, E.A.O. defendió las Humanidades: necesariamente, para acceder a la academia superior militar, uno ha de haber estudiando el bachillerato de ciencias, y la formación superior es eminentemente técnica. Ello no implica que las Humanidades sean prescindibles para la defensa de una nación: como él indicó, son la esencia misma de la persona y condición para la creatividad, esa chispa que genera el avance de las sociedades. La mejor cita del teniente coronel en su intervención fue “no existe el arte de la guerra; el arte crea, la guerra destruye”.

Realicé un curso de una semana de duración durante la cual estuvimos guiados en varias ocasiones por el coronel Á.-C. Escuchándole y observándole, reflexioné sobre la paciencia (entre otras virtudes) que él ha cultivado para alcanzar su graduación. Lamenté que varios miembros del público le obligaran a ejercitar esa paciencia todavía más. En determinada ocasión yo habría lanzado el zapato a la cabeza de más de un jovencito ante su comentario impertinente. Lamenté la situación, que Á.-C. se viera obligado a aguantar a ese atajo de niñatos, que no tienen la remota idea de todo por lo que él ha pasado, lo que ha visto, y hecho. Supongo que si los recién destetados hubiesen llevado uniforme, el coronel les habría metido en cintura, pero como no era el caso, tuvo que limitarse a lanzarles cierta mirada. El mundo es un lugar injusto.
Resulta ofensivo para el militar ponente informar al auditorio de su intento por no extenderse ni aburrir, como si cualquiera de los presentes tuviese en todo el año acceso a una persona con el espectacular currículum de un alto cargo. Igual de humillante es disculparse por “hacernos” escucharle a las cuatro de la tarde; los bebés deberían estar en casa durmiendo la siesta, merecen un premio por el esfuerzo de estar aquí. Esa charla se incluía en unas jornadas cuya matrícula era voluntaria, nadie acudió encañonado. Y, ¿qué estaría haciendo buena parte del público de no encontrarse escuchando allí a un almirante, a alguien que ha alcanzado el mayor rango en su profesión? Los militares disculpándose e insistiendo en que quedaba poco para terminar, y los pintamonas de YouTube extendiéndose sin mirar el reloj, porque su legión de fanáticos tiene las prioridades claras.

¿Por qué mereció la pena que yo prestase atención a ese almirante? Porque enseñó que existen tres nortes, y porque nunca había escuchado a alguien afirmar “hay pocas cosas en la vida más hermosas que ayudar a alguien”.

Cierto oficial destacado ofreció hace tiempo una ponencia en una universidad. El ambiente en la sala era de colegio de primaria: si el público destinatario de cualquier evento no tiene canas, parece ser obligado el predominio del estilo colega y dirigirse al auditorio como si aún tuviera dientes de leche. Cómo no hacerlo, por otro lado, si estos visten de pijama y se sientan como si estuvieran en el sofá de su casa.
Esa forma de comunicarse y comportarse, debería limitarse al bar y la piscina municipal. Una universidad o centro militar, incluso cuando éste contenga civiles, debe albergar sólo formalidad, que por supuesto incluye el trato de usted. Indignamente, éste ha desaparecido en casi toda la sociedad, incluso dentro del Ejército: quedé atónita cuando los propios soldados nos animaron a tutearles. ¿Perdón? Si no eres mi madre, mi amigo, amante o compañero de trabajo, ¿qué demonios hago tratándote como si lo fueras? La lealtad que los militares llevan en la sangre, la disciplina, el desprecio que los civiles y políticos de su propia nación les dispensan a diario mientras ellos se esfuerzan y arriesgan la vida, merecen consideración, que empieza por el trato de usted, por sentarse frente a ellos con la espalda recta y las piernas recogidas, con actitud seria, y vestido de forma respetable.

El atavío es una forma más de respeto hacia el lugar donde uno se encuentra. No importa cuál sea tu estilo o lo que te “apetece”: si acudes a un lugar serio, no al parque a emborracharte, haz el favor de ponerte unos pantalones de verdad y una camisa. Por no hablar de esas mujeres que acuden a una visita a un campo de maniobras, que no es una pasarela de moda sino un lugar con polvo, arena, tierra y barro, con la braga vaquera y plataformas.

Sentí vergüenza ajena en aquella sala de universidad, y recé para que el oficial y sus compañeros presentes no generalizasen, para que pensasen que existe alguna persona que considera que ese ambiente es inaceptable, bochornoso, que ellos merecen mucho más de los civiles, y que algunos somos conscientes del significado y trascendencia de su hoja de servicio, esa ante la que el público reacciona como quien oye llover. Pero tantos de ellos bailan el agua a una marioneta de internet.
Los asistentes a aquella ponencia no fueron peores que el presentador: se comportaba con vergonzosa familiaridad, como quien habla con el vecino en la peluquería. Sentí de nuevo vergüenza ajena: no me importa cuánto os conozcáis o gustéis, el ámbito público debe ser opuesto al privado, y como tal debe estar en todo momento revestido de seriedad. Para colmo, el presentador sintió la imperiosa necesidad de hacer saber al público lo importante que él (creía que) era, la dificultad para ser admitido en un curso que realizó, y un largo etcétera. Esos comentarios deberían limitarse a la madre de uno y Linkedn. De lo contrario, esa persona resulta jactanciosa y cargante. Como suele suceder, los militares de alta graduación, con un estelar currículum, jamás alardearon de ello.

Quedé estupefacta cuando algunos asistentes de una conferencia mencionaron la posibilidad de incorporar al aula aire acondicionado. Soldados han pasado el invierno en Burgos durmiendo sin calefacción, varios meses en cierta base duchándose con agua fría en la misma estación del año, y en otras sirviéndoles comida gusanada (esto denunciado por Alberto Chicote en televisión, y por decenas de fotografías en Ciudadanos de uniforme), y al parecer se pretende que se destine presupuesto a que los marqueses de barrio no suden mucho. Manda huevos…

Igual de impresentable es el hecho de que en varias de mis experiencias militares, se haya pedido expresamente puntualidad, como un favor, y se dé las gracias cuando se cumple. Llegar a tiempo es una norma básica de educación, es decir, una obligación cuando vamos a quedar con un ser humano y no con una vaca en la cuadra. Y por cumplir con la obligación, uno no merece nada.

Yo no sé si reír o llorar. Entiendo que el soldado que nos llevó en autobús a cierta base lanzase al grupo de niñatos esa mirada, comprendo que le ardiese la sangre. Él sabe cuadrarse, enfrentarse al peligro cuando otros se defecan encima, y vive poniendo su vida en las manos de sus compañeros de unidad. Es un estilo de vida (no un empleo ni un “curro”), que forja un carácter, que construye una identidad. Muchos de los presentes, por varios comentarios que escuché, no parecen tener un horizonte mental más allá del mínimo esfuerzo para aprobar en la universidad-guardería, y tener dinero para alcohol y coche.

Mi asistente favorito en conferencias impartidas por militares, ha sido José Antonio Vega Vidal. Él ha elevado el nivel del grupo de civiles gracias a su categoría personal y profesional. Sus preguntas fueron con diferencia las más inteligentes, interesantes, y que revelaban mayor conocimiento, militar y de otros campos. José Antonio es una de esas personas a quien cada vez es más difícil encontrar: con impecables modales, amabilidad, humildad y gran discreción. No existe en él una pizca de vulgaridad. Siempre se expresa con corrección, como alguien digno de ser tomado en serio, y en todo momento le vi conducirse con gran profesionalidad. No es un arlequín ni lame el espejo, como otros. Él posee un cerebro refrescantemente ágil, y despegó los labios sólo para hacer avanzar la conversación, nunca para pavonearse. Él no es un adolescente inseguro dispuesto a cualquier cosa para recibir atención. No es a él a quien, en una base, dirigiéndose a un militar, escuché “oye, menuda movida tenéis aquí montada, ¿no?”. Por todo ello, ser su binomio durante una semana supuso una inesperada y desacostumbrada experiencia formativa.

Seguro que existen personas con una trayectoria profesional todavía más brillante que la de José Antonio, pero en ocasiones en lo personal resultan insufribles y a uno le generan una mueca de asco recurrente, por lo que los problemas laborales se sobrellevan con todavía mayor dificultad. Si tuviese que formar un equipo de trabajo para solucionar un asunto serio, personas con las que sudar decenas de horas en la sala de reuniones, quiero a José Antonio Vega Vidal cerca.

Basándome en todas las vivencias militares que he disfrutado hasta la fecha, considero que tropa y oficiales han tratado a los civiles demasiado bien, tanto por su paciencia, su amabilidad, como por el esfuerzo y tiempo empleados en nosotros: en todas las visitas militares, han expuesto exprofeso gran cantidad de material (alta y costosa tecnología), y hemos tenido a nuestra disposición a varios militares para que nos explicasen su función. Ahí no termina el privilegio: cuando conocimos la UME, sus miembros realizaron un rescate vertical, frente a nosotros, tal como se haría en una situación real.

¿Puede el lector creer que durante una visita a una base nos ofrecieron un abundante y delicioso tentempié? Como si fuésemos embajadores en una recepción, me resultó exagerado y un lujo injustificado. Nosotros no lo necesitábamos, por ello hubiese deseado cargar sobre el hombro las bandejas y preguntar quién acababa de realizar una marcha o maniobras, para ofrecérselas. Ellos sí lo necesitan, y lo merecen.

A diferencia de en casi todos los ámbitos civiles, en el militar no he escuchado un sólo “oye, tú”, como si el otro fuera el mismo barriobajero que él, como si la vida fuese un mercado de ganado. En el Ejército he contemplado valores, modales, espaldas estiradas, pies que nunca se arrastran, camisas impecablemente planchadas, y el uniforme confiriendo dignidad al portador: en el Ejército uno no ve chanclas, ni pijama, chándal, o ropa interior o partes íntimas del cuerpo descubiertas. Lo que se ve es sangre en las venas, capacidad rápida de reacción, mentalidad práctica y resolutiva, orden y autoridad. En la calle presencio a diario sainetes y escenas burlescas, en el Ejército hasta la fecha no he contemplado ninguna.

La sociedad civil tendría una oportunidad, saldría del charco de aguas residuales en que se encuentra, si adquiriese algunos rasgos militares.

Amaya Guerra

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