Torrijos: “Es inconcebible que en TV pública no sea posible oír la exposición de las líneas ideológicas de las fuerzas

Ana Maria Torrijos

Torrijos Es inconcebible que en TV pública no sea posible oír la exposición de las líneas ideológicas de las fuerzas

Ana Maria Torrijos: Es inconcebible que en una TV pública, sufragada con dinero de todos los ciudadanos, no sea posible oír la exposición de las líneas ideológicas de las fuerzas que desean incorporarse a la vida política. Este sibilino procedimiento facilita la permanencia de los partidos que ya están establecidos, haciendo muy difícil abrir las puertas a nuevas alternativas.

Al límite

El resultado de las elecciones autonómicas andaluzas ha dejado un panorama intranquilizador, como también puede que lo sea el que se nos avecina en las próximas convocatorias. Seguimos con hábitos muy alejados de una plena democracia, entre ellos, como ya definimos anteriormente, está el no permitir en los debates oficiales la participación de las fuerzas políticas que no tengan representación, en este caso en la Junta de Andalucía.

Es inconcebible que en una TV pública, sufragada con dinero de todos los ciudadanos, no sea posible oír la exposición de las líneas ideológicas de las fuerzas que desean incorporarse a la vida política. Este sibilino procedimiento facilita la permanencia de los partidos que ya están establecidos, haciendo muy difícil abrir las puertas a nuevas alternativas. Lo constatamos con la propuesta de pacto entre el Partido Popular y el Partido Socialista, de permitir gobernar a la opción más votada en los sucesivos comicios, aunque ahora ya se especulan otras posibilidades.

Una propuesta de acuerdo interesado, les permitiría conseguir poder político, por si les es imposible asumir la dirección en alguna de las tres escalas de gobernabilidad que tiene nuestra estructura estatal, y con un apretón de manos, si llega a producirse, se repartirían infinidad de puestos en la Administración para contentar a la clientela política, “vasallos” a conseguir un espacio laboral fijo, muchos ya eternizados desde hace años.

Imaginemos por un instante, el número importante de políticos que tendrían que desfilar, y no pocos sin posibilidad de conseguir una nómina que supla la sabrosa remuneración que le reporta el ser alcalde, concejal, diputado, asesor o secretario… ¡Sorprendente!, una nueva cola sugerente de parados en el INEM.

Reformar la estructura del Estado, reduciéndola o cambiando el modelo en beneficio de la economía de los ciudadanos, del sentido de Nación, de la solidaridad entre los españoles, es un reto imposible con los partidos ya establecidos; se ha hinchado demasiado la maquinaria que rige la estructura y a sus adláteres, a los que les motiva más su interés que el bienestar de los ciudadanos de a pie.

Las fuerzas políticas han de tener un funcionamiento interno abierto a la opinión de sus militantes y la renovación de sus dirigentes a la participación de cada uno de ellos, pues han de ser piezas necesarias en aras de la libertad y no mausoleos alimentados con dinero de los presupuestos e incluso, es tanto el convencimiento de que pisan terreno suyo, que algunos ni se dignan a presidir una rueda de prensa al uso, por preferir salir a través de un plasma.

La opacidad ha estrangulado nuestro sistema democrático y ha inducido a que el gobierno beneficie ampliamente a la casta política y financiera, también ha impedido que los tribunales dictaminen sentencias justas contra los que han infringido la ley por intentar fragmentar España, robar, manipular pruebas, mentir desde un cargo público, sin olvidar los pactos en cenáculos secretos al margen del Parlamento y de las luces de los medios informativos, en conclusión, con estos antecedentes es muy difícil competir en el ámbito político con sana discrepancia.

La perversión del lenguaje a lo largo del período democrático, ha logrado que lo que era una votación para desestabilizar el Estado de derecho, se presentara con el eslogan “votar es democrático” con la traición de unos, con el olvido, cobardes otros y pusilánimes la mayoría, convencidos de manejar a todo un país con sólo quererlo.

La realidad actual con medios de comunicación, redes sociales, formación generalizada de los ciudadanos, hace que el voto sea incuestionable, por eso hay que gestionarlo bien. La Nación y el Estado necesitan el esfuerzo de todos para decir en voz alta “¡basta!”, basta a la rapiña, a la desmembración, a las aventuras identitarias y populistas, a los federalismos sin contenido e innecesarios, que no nos llevan a ninguna parte, y lo único que se consigue es debilitar a una de las más antiguas y sólidas naciones que han forjado la Civilización Occidental, de la que somos herederos y responsables de su continuidad.

A estas alturas de la legislatura, el debate ideológico aún no se ha presentado en el ámbito político, no interesa posicionarse en temas de profundo interés para las personas, les obligaría a despojarse de los disfraces de lentejuelas que tan bien les sientan ante las cámaras televisivas, la indefinición da más votos y atrae los apoyos desde todas las direcciones posibles.

Nosotros tenemos que presionarles a contrastar sus propuestas, ya que es el único medio para saber qué modelo de vida cada candidato nos propone. Es esencial huir de los mensajes-eslóganes, redactados con el propósito de seducir a una sociedad que creen temerosa, dócil, ocupada en sus asuntos personales, y con firmeza mostrarles que ya no estamos dispuestos por un minuto más a ser muñecos de feria, colocados en línea para recibir los impactos impositivos del ministro de Hacienda.

Estamos dispuestos a escuchar todos los detalles programáticos sobre la función del Estado y la Sociedad en democracia, la estructura de las Instituciones y el coste de funcionamiento, el destino de nuestros impuestos, el gran pacto por la Educación, por las Pensiones, la independencia de la Justicia, el Sistema Sanitario…

La ola de opinión que se origina sin saber porqué, apoyándose en el malestar de la ciudadanía, a favor de un candidato o de otro, nos hace reflexionar a qué se debe: a la valía del personaje y de su programa, a las circunstancias, o a algún interés no confesable. No nos dejemos engañar, tenemos inteligencia y capacidad de decisión.

Ana Maria Torrijos

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